Somos lo que comemos

Al día de hoy, unos 6.500 millones de personas en el mundo demandamos de la tierra nuestro alimento, y el número puede alcanzar los 8.000 millones en el 2050. Existen 8.500 millones de hectáreas de tierra productiva (que incluye tierras de cultivo, pastizales y bosques) en todo el planeta, apenas el tres por ciento de su superficie, y cada siete segundos desaparece una hectárea. Las causas son variadas, como los desastres naturales (sequías, inundaciones), pero muchas de ellas, como el propio cambio climático, tienen un mismo agente: la mano del hombre que va cambiando los límites a la tierra productiva, urbanizándola, contaminándola, deforestándola, (ésta es la mayor causa de destrucción: la soja transgénica en Brasil o Argentina lleva más de 3 millones de hectáreas deforestadas y contaminadas para alimentar al ganado europeo).

Sólo 1.500 millones de hectáreas constituyen la tierra agrícola, a la que la economía global le pide no sólo que produzca el alimento para esa población mundial creciente, sino que produzca también biocombustibles, para que los occidentales se desplacen en coche a tres manzanas a comprar el periódico, una “necesidad vital” para la patología de la comodidad que tienen inoculada en el alma. Como dice Jean Ziegler, «la conversión de los cultivos alimentarios en cultivos energéticos, destinados a arder en forma de biocarburantes, es un crimen contra la humanidad». Esta presión sobre la tierra está desencadenando una crisis sin precedentes del sistema alimentario global. Para Miguel A. Altieri, de la Universidad de California, «esta crisis, que amenaza la seguridad alimentaria de millones de personas, es el resultado directo del modelo industrial de agricultura, que no sólo es peligrosamente dependiente de los hidrocarburos, sino que se ha transformado en la mayor fuerza antrópica modificante de la biosfera. Las crecientes presiones sobre el área agrícola en disminución están socavando la capacidad de la naturaleza para suplir las demandas de la humanidad en cuanto a alimentos, fibras y energía. La tragedia es que la población humana depende de los servicios ecológicos (ciclos de agua, polinizadores, suelos fértiles, clima local benevolente, etc.) que la agricultura intensiva continuamente empuja más allá de sus límites».
Los océanos, infinitos en nuestro imaginario, que suponen el 71% de la superficie de nuestro planeta y del cual viene también nuestro alimento, soportan la misma plaga antrópica, que los contamina de forma atroz y que ha hecho disminuir drásticamente las especies (el 90% de los grandes peces ha desaparecido en el último siglo). Una plaga con una flota de pesca mundial que es 2,5 veces mayor que lo que pueden soportar los océanos. Un estudio del CSIC revela que si la presión pesquera sigue como hasta ahora, hacia el año 2050 todas las especies que pescamos habrán llegado a una situación de colapso. Sin olvidar la alarmante disminución del plancton vegetal que avanza al ritmo del aumento de la temperatura y que amenaza al conjunto de la cadena alimentaria en los océanos del globo terráqueo. Recordemos también, que este plancton tiene un papel crucial en el ecosistema del planeta pues produce 50% del oxígeno que respiramos y reduce el gas carbónico.

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Foto de Alberto César (Greenpeace)

La i-lógica de un mercado globalizado
La tierra y el mar, de donde proviene lo que comemos, están amenazados. Nos estamos literalmente comiendo el mundo, nuestra relación con la vida está siendo destructiva y todos tenemos una gran responsabilidad ética en ello. En este reportaje intentaremos poner al descubierto una de las causas principales de este deterioro que ya apuntaba Miguel Altieri: las malas artes de un sistema agroalimentario que nos está llevando a la ruina, pues, con su gestión, el mundo se encuentra cada vez más contaminado, más sobrecalentado y más desequilibrado. Un sistema orientado a los mercados globales de mercancías, guiado por criterios de rentabilidad y desvinculado de las necesidades alimentarias de la población: bajos precios y alimentos de mala calidad para los consumidores de los países del Norte, grandes beneficios para los intermediarios y las multinacionales del sector, y hambre y miseria en los países empobrecidos donde están la mayoría de productores y productoras de alimentos.
La industria de los insumos agrarios, la transformación y la distribución, están en manos de unas cuantas multinacionales que a través de los tratados de libre comercio colonizan con su sed de capital todos los sistemas agrícolas y alimentarios locales del mundo hasta destruirlos. Pues les exigen producir cada vez a más bajo precio, con paquetes tecnológicos que ellas mismas les proporcionan y que suponen un tremendo e ineficaz consumo energético, una alta cantidad de insumos y el uso de una maquinaria y unas tecnologías que erosionan y desertizan, contaminan y destruyen la biodiversidad del planeta —al dedicar grandes extensiones a monocultivos— y que finalmente les llevan a la ruina, después de haber abandonado sus tecnologías ancestrales, pues no pueden hacerse cargo de unos costes que aumentan cada año, ni competir con las importaciones de los países ricos que invaden sus mercados locales, gracias a las subvenciones que reciben, hundiendo su producción nacional (en 2004, el kilo de pollo local costaba en Ghana casi el doble que el procedente de la UE). Este sistema agroalimentario de monopolio y concentración empresarial permite un férreo control a la hora de determinar qué consumimos, a qué precio, de quién procede y cómo ha sido elaborado.
Como dice un texto de Amigos de la Tierra, en el caso de nuestro país, «pocas personas comprenden que los alimentos que consumimos son, en gran parte, el resultado de la Política Agrícola Comunitaria (PAC) de la Unión Europea, que favorece el monocultivo industrial e intensivo. El 70% de sus subsidios va al 20% de las mayores explotaciones. La agricultura sostenible, que respeta la naturaleza y el bienestar animal, recibe menos ayudas». Y concluye: «Esto no es razonable». Por razones de justicia básica y de respeto a la dignidad humana, la alimentación debería estar por encima de cualquier afán de ganancia.

La gravedad del problema. Saquemos la cabeza al avestruz
Si, como dice el aforismo, somos lo que comemos, intentaremos demostrar que actualmente nuestro sistema agroalimentario que pugna por hacer del planeta tierra un mercado único y rentable tiene como consecuencia que seamos enfermos de cuerpo y de alma. De cuerpo porque, como la ciencia actual está por fin demostrando, la gran mayoría de las patologías que hoy en día conocemos, están relacionadas en mayor o menor medida con los hábitos alimenticios y con la ingestión de toxinas en dichos alimentos. Cada día es mayor el número de correspondencias entre el uso de estas sustancias y diferentes enfermedades degenerativas, como el parkinson, la obesidad, la infertilidad, los trastornos de la atención, el autismo en nuestros niños, el asma (el Programa Nacional del Cáncer de los Estados Unidos insta este año al Presidente Obama a que utilice todo su poder para que se reduzca la exposición de la población general a cancerígenos, eliminándolos de los alimentos, el agua y el aire). Habrá que seguir investigando, pero cada vez hay más estudios que consideran, por ejemplo, que la hiperactividad infantil es una consecuencia de una nutrición insuficiente, debido al consumo excesivo de grasas animales, alimentos refinados, adulterados y desnaturalizados.
La ciencia puede necesitar más pruebas, pero al sentido común no se le puede escapar que no puede ser bueno que nuestros alimentos sean portadores de metales pesados como el plomo o el mercurio; de pesticidas, como el glisofato, el agroquímico básico del modelo de agronegocios de la soja en Argentina; como explica una reciente investigación publicada en la revista estadounidense Chemical Research in Toxicology, ya se están empezando a observar malformaciones en humanos expuestos a glifosato durante el embarazo y un informe del Journal of American Cancer Society demuestra una estrecha relación entre linfoma no Hodgkin (un tipo de cáncer) y el glifosato. Aunque aquí no consumimos esa soja directamente, es la base de la alimentación de nuestra ganadería intensiva y un ingrediente importante de la comida industrial, donde la encontramos como lecitina, un emulgente de las grasas, que se encuentra en la bollería, las salsas, las papillas, etc.
Nuestros alimentos son también portadores de sustancias estabilizadoras y conservantes como el E250, nitrito de sodio que se encuentra en embutidos y puede destruir los glóbulos rojos y presenta potencialidades cancerígenas o producir accidentes vasculares. O el E341, sales de calcio de ácido ortofosfórico, un antioxidante que puede producir desórdenes digestivos y descalcificaciones en los niños, así como problemas de falta de concentración, y que se encuentra en embutidos, quesos y bebidas gaseosas. O de las rentables grasas “trans” para una industria sin conciencia, que están en muchos productos y que según New England Journal of Medicine aumentan el colesterol malo (LDL), reducen el bueno (HDL), suben los triglicéridos, promueven la inflamación y perturban el endotelio arterial. Pasando por los innumerables productos químicos que se usan para engordar los pollos y reses y que incorporamos a ese cóctel explosivo que todos llevamos dentro, lo que explicaría por qué un 41% de los estadounidenses serán diagnosticados de cáncer a lo largo de su vida y un 21% de los americanos morirán de cáncer. Y para no extendernos más en esta película de terror, sumaremos a la lista explosiva que llevan nuestros “alimentos” el uso de antibióticos como promotores del crecimiento en los piensos animales: según el World Resources Institute, «se estima que al menos la mitad de todos los medicamentos producidos en el mundo se utilizan en las granjas, piscifactorías y plantaciones hortofrutícolas de los países industrializados. Aproximadamente el 90% de estos antibióticos no se utilizan para tratar infecciones, sino para mejorar o estimular el crecimiento animal. […] Debido a que estos antibióticos pertenecen a la gama de antibióticos de uso humano, la comunidad científica teme que el uso de estos productos en la alimentación animal pueda favorecer el desarrollo de resistencia en los agentes patógenos bacterianos, que afectarían a la postre tanto a animales como a humanos».

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Y muchas más malas artes que exceden el espacio de este reportaje y que entre todos deberíamos erradicar después de haber tomado conciencia. Pues bien, la industria agroalimentaria tiene mucho que ver en toda esta enfermedad de nuestro cuerpo humano y del cuerpo terrestre en el que habitamos, pues basa la maximización de su beneficio en la utilización indiscriminada de estas prácticas antinatura.
Respecto al alma, o la conciencia, estamos enfermos de egoísmo, de comodidad, y de ignorancia, pues queramos oírlo o no, somos pequeños cómplices en esas malas artes que usa la industria cada vez que compramos sus productos, apoyando así sus prácticas aberrantes con todas los reinos de la naturaleza de los que nos alimentamos, y no sólo porque envenenan lo que come Occidente, sino porque para sobrealimentarnos de comida desnaturalizada este mismo sistema genera miseria y desolación en los países en vías de desarrollo; un ejemplo: la empresa Dow Chemical, productora del agrotóxico Nemagón, prohibido en Estados Unidos, y que, aún sabiendo de sus efectos sobre la salud, alargó la venta en las plantaciones de Centroamérica, donde sólo en Nicaragua han muerto más de 1.400 trabajadores y trabajadoras expuestos al veneno.
Nuestra forma de alimentación implica injusticia sobre nuestros congéneres, sufrimiento animal y deterioro medioambiental; es verdad que no podemos cargar inocentemente todo el peso sobre el consumidor, aunque su papel sea importante, sino que tenemos que exigir a nuestros gobiernos, a nuestras instituciones, que pongan en práctica las medidas necesarias. Pero tenemos una democracia tan deteriorada, tan poco participativa, que una se pregunta cómo pueden nuestros representantes ejercer la justicia cuando la industria alimentaria juega por encima de las naciones y sus leyes con instituciones transnacionales como la OMC, el Banco Mundial o el FMI que parecen haber tomado el poder económico y político en todos los países occidentales constituyendo un «estado dentro del estado».
Les invitamos a un viaje en busca de la procedencia de los alimentos que a diario consumimos para reflexionar una vez más sobre nuestros hábitos alimentarios actuales y nuestra responsabilidad frente al consumo. Un sistema que muestran documentales como Nuestro pan cotidiano o FOOd Inc, que fue candidata a los Oscar, donde se comprueba cómo las más poderosas corporaciones norteamericanas, con una presencia importante dentro del mercado de alimentos, efectúan prácticas despiadadas, en busca de una mayor rentabilidad económica, que repercuten directamente en la salud pública, con un respeto nulo hacia la vida de sus trabajadores, de los animales y de los consumidores, que somos engañados y manipulados para comprar productos de bajo costo sin tener conocimiento alguno de las múltiples implicaciones que esto genera. La mayoría de las marcas que compramos diariamente en los grandes supermercados, nos dan una idea errónea sobre su procedencia. Algunas imágenes de este y otros documentales, sólo aptos para quien quiera abrir los ojos, producen verdaderas náuseas; si Gandhi tenía razón cuando decía que a una civilización se la puede juzgar por la forma en que trata a sus animales, debemos juzgar a la nuestra como profundamente decadente y perversa, una anomalía cósmica que ha de perecer y renacer…

No podemos seguir cerrando los ojos a que el modelo alimentario mundial actual,
del que se abastecen, por lo general, los comercios que nos rodean, no sólo es incapaz de dar de comer a toda la población, sino que envenena lentamente a quienes alimenta, mientras desestabiliza geopolíticamente el mundo.

La carne que comemos
Siento tener que escribir esto, amargarles el pedazo de bistec, la tortilla o el vaso de leche con miel, pero, teniendo en cuenta que la dieta media de los españoles contiene un elevado porcentaje de alimentos de origen animal, es nuestra responsabilidad advertir que es probable que cada uno de nosotros nos aseguremos cada día un buen cóctel de antibióticos, hormonas, acaricidas, antiparasitarios, aditivos, etc.
Repasar los diversos reportajes que se han hecho sobre el tema de las grandes industrias alimentarias revuelve el estómago durante días, pero no podemos ocultarnos a nosotros mismos la verdad de lo que comemos, pues si realmente somos lo que comemos, estamos comiendo, angustia, dolor extremo, crueldad. La verdad duele y conmueve, pero es necesario que así sea para que nos pongamos en movimiento hacia una transformación profunda de nuestra relación con las demás especies. Una transformación que como consumidores podemos forzar, como cuando, con el mal de las vacas locas, en el que la codicia de la industria alimentaria queriendo aumentar costes trastocó las leyes de la cadena trófica y convirtió a las vacas en caníbales, enfermándolas en lo profundo de su genética, el consumidor dejó de comprar carne de ternera hasta que no desapareciese esa práctica aberrante. O el escándalo de las dioxinas de los pollos que obligó a la industria a mejorar. Como decía Albert Schweitzer (Premio Nóbel de la Paz, 1952): «No permitáis que nadie pase por alto la carga de su responsabilidad. Mientras tantos animales sigan siendo maltratados, mientras los lamentos de los animales sedientos en los vagones de carga se silencien, mientras tanta brutalidad prevalezca en nuestros mataderos, todos nosotros seremos culpables. Cada cosa que vive tiene valor como ser vivo, como una de las manifestaciones del misterio de esta vida».
Esa responsabilidad empieza por informarnos de dónde viene nuestra comida. Earthlings es el título de un documental en el que se han visitado varias granjas industriales con cámara oculta, realizando grabaciones nunca vistas del día a día de las prácticas de algunas de las mayores industrias cárnicas del mundo. Es espeluznante la falta de compasión ante lo que comemos. El sonido real llega a ser realmente perturbador. Lo más sobrecogedor del documental es descubrir al abrir el frigorífico, que, de alguna manera, todos formamos parte de esta industria. Como dice Michael Pollan: «Votas lo que comes con lo que compras en el supermercado».
Presionados por los ritmos de producción y los ritmos del mercado, los ganaderos no hacen bien las cosas; atrás quedan las granjas idílicas donde animales vacunos, caprinos, ovinos y el cerdo ibérico, eran criados casi en libertad en montes, dehesas y comarcas serranas. Se han sustituido estos sistemas tradicionales por vaquerías de estabulación casi permanente para una producción acelerada a base de gigantescas cantidades de piensos a muy bajos precios con animales sistemáticamente medicamentados de por vida con antibióticos, hormonas (algunas, prohibidas), correctores vitamínicos, tranquilizantes… además de piensos cárnicos procedentes de la agricultura industrial, que contienen grasas de otros animales (recordemos que la grasa es especialmente peligrosa, pues las dioxinas son liposolubles) y vegetales tratados con biocidas, que contienen, de por sí, altos grados de dioxinas cancerígenas. Como describe Ignacio Amián, en la estupenda revista The Ecologist, son las condiciones de sobreexplotación de las ganaderías intensivas las que enferman sistemáticamente a los animales.
En este nuevo sistema, las vacas son encadenadas en sus establos todo el día, sin ejercicio, muchas se desploman de agotamiento; sus glándulas mamarias están tan estresadas que constantemente se le inflaman y aparece la mastitis que se trata con más antibióticos. Normalmente las vacas pueden vivir veinte años; en estas condiciones duran cuatro.
Podríamos hablar también del sector pecuario que se ha visto transformado en estas últimas décadas en algo que se parece más a la industria petroquímica que a la granja feliz que nos muestran en sus etiquetas. Cerdos castrados brutalmente a los tres meses con un cuchillo, llenos de pústulas sangrantes por el hacinamiento, y que se comen medio enloquecidos entre sí, en medio de infiernos fecales en los que, entre estiércol y bajo un calor sofocante, intercambian agentes patógenos a la velocidad del rayo con sistemas inmunitarios más que debilitados. ¿Cómo podemos extrañarnos de la gripe porcina?
O también se podría hablar de los ternerillos, marcados a fuego en la cara, separados de sus madres a los dos días de nacer y atados del pescuezo y constreñidos para evitar el desarrollo de sus músculos, alimentados con una dieta líquida deficiente en hierro, sin cama, agua, ni luz, para ser matados sin ningún tipo de agradecimiento a su sacrificio después de cuatro meses de esta miserable existencia. Somos comedores de angustia. O los pollos que en cuarenta días multiplican por cuarenta su peso y nunca sabrán lo que es el aire libre. ¡Cuánta crueldad innecesaria, cuando se podrían hacer las cosas de otra manera!
Carne y leche está letalmente envenenadas, consumir productos lácteos o sus derivados, como quesos o yogures, procedentes de la ganadería industrial es exponerse innecesariamente a dosis peligrosas de dioxinas y antibióticos.
Gracias a Dios, hay alternativas; y esas alternativas necesitan de nuestra ayuda para prosperar en medio de la deslealtad de nuestros gobiernos, que subvencionan sobremanera las malas prácticas de una industria ecológicamente desquiciada. Hablamos de la ganadería ecológica, de consumir carne y leche biológica y sus derivados, pues es una forma de evitar notablemente esos riesgos, ya que los animales son alimentados sólo con vegetales y piensos producidos con cereales procedentes de la agricultura biológica. Además, tampoco se utilizan fármacos convencionales ni antibióticos, sino homeopatía, fitoterapia y otras prácticas sin efectos secundarios, como la acupuntura. Por otra parte, hay investigaciones que demuestran que la leche del ganado alimentado con pastos y alimentos orgánicos contiene altos contenidos de los siguientes nutrientes anticancerígenos: ácidos grasos omega 3, vitamina E y beta caroteno. Se puede visitar, por ejemplo, la granja de Camorritos en Madrid, que hemos anunciado en nuestra revista, o explorar las innumerables experiencias ejemplares de nuestro portal RUNA, o en Agenda Viva Digital visitar el apartado “qué hacer para comer sano” y conocer otras maneras de hacer impecables con nuestros amigos los animales.

El pescado que comemos
Lo siento, pero también los peces que comemos vienen de la mano de una industria insostenible para la salud humana y terráquea. Ya hemos hablado de la acelerada desaparición de la biodiversidad marina, como consecuencia de la pesca excesiva y el deterioro de los ecosistemas marinos. Es urgente, por su trascendencia socioecológica y económica, cambiar el modelo pesquero actual, pero cambiar es algo que le cuesta a cualquier sistema; la industria agroalimentaria, nos da una vez más otro tipo de solución para seguir en su infinito progreso de aumento de beneficios: seguir industrializando la alimentación mediante por ejemplo las piscifactorías, un suculento negocio que, según la FAO, podrá suministrar en 2010 hasta 39 millones de toneladas de pescado. Sin embargo, los costes ecológicos y, por consiguiente, los costes en términos de salud animal y humana son espantosos. Centrémonos sólo en la piscicultura intensiva del Salmón en Escocia, que es representativa de la que se hace en todo el mundo, como la de Pescanova en el sur de Chile, y que según Stephanie Roth está sin duda en el origen de la peor catástrofe medioambiental que han conocido las Highlands del Oeste:
«Residuos no tratados, desechos contaminados, excrementos, productos químicos, han tocado de muerte la vida salvaje de numerosos lagos y correderas de Escocia. La piscicultura intensiva ha provocado, también, cantidad de enfermedades infecciosas, nuevas y viejas, que los piscicultores han intentado combatir con la ayuda de productos químicos, legales e ilegales, como el Deosect, un insecticida a partir de Cypermétrine, sospechoso de estar en el origen de desórdenes hormonales y que es cien veces más tóxico en el medioambiente acuático que los organofosforados en los baños parasiticidas de las ovejas; o el Ivermectine, utilizado para el tratamiento del copépodo, (una garrapata de peces) muy tóxico para todo un abanico de la vida marina, pues se degrada muy lentamente en el medioambiente y se acumula en el marisco y también en el hombre. Recientemente la OMS ha expresado sus inquietudes a propósito de sus efectos sobre la salud humana. O el Tributyline un purificador marino a partir de estaño usado en pinturas, muy tóxico para los crustáceos en los cuales, incluso en bajas dosis, puede provocar trastornos de crecimiento o cambios en el metabolismo sanguíneo y hepático de los peces con dosis de exposición aún más baja.»
Como vemos una gran cantidad de productos químicos contaminan el salmón y los lugares de crianza, para pasar después a la cadena alimentaria y los ríos. Nos encontramos las mismas malas artes desesperadas para erradicar las enfermedades que su misma sobreexplotación codiciosa provoca.
Si a esta intoxicación directa, del salmón o del panga, a cuyas hembras se les inyectan hormonas obtenidas a partir de orines deshidratados de mujer embarazada para forzar una desovación antinatural, le sumamos el mercurio presente en nuestros mares y océanos a consecuencia de vertidos y emisiones que proceden de fuentes tan diversas como, por ejemplo, las centrales térmicas de carbón o algunas industrias fabricantes de plásticos nos encontraremos en la obligación de advertirles también de estudios como el de la Universidad de Granada, que han constatado que un consumo excesivo de algunos tipos de pescado durante el embarazo y las primeras etapas de la infancia se ve asociado a un peor rendimiento «en las áreas general-cognitiva, ejecutiva y perceptivo-manipulativa, mientras que aquellos con mayores niveles de exposición a mercurio muestran un retraso en las áreas general-cognitiva, de memoria y verbal». El responsable, según los investigadores, sería el mercurio, presente frecuentemente como contaminante en el pescado azul y en conserva, y en menor cantidad, en el pescado blanco. Otros estudios de la UE han confirmado con frecuencia presencia de altos niveles de mercurio en mero, cazón, marrajo, agujas, langostinos, emperador, etc.
Sin embargo, como nos recuerda Carlos de Prada en su estupenda página web sobre esta materia, Fodesam, en países como puede ser España, por ejemplo, «la mayor parte de la población no tiene siquiera la más remota idea de estas cosas y cuando muchos médicos dan consejos nutricionales sobre lo que es saludable o no, no suelen decir ni una palabra de estos temas. Suelen hablar de las ventajas del pescado y de los tipos de grasas cardiosaludables que contienen, pero es raro que adviertan de lo que hoy sabe la ciencia sobre sus contenidos no sólo de mercurio sino de otros tóxicos, como puedan ser los retardantes de llama bromados, los compuestos organoestánnicos, el hexaclorobenceno, los naftalenos policlorados, las dioxinas o los PCBs, por ejemplo».
Si se quiere saber más, el Ribepeix es un programa interactivo que nos permite conocer los riesgos (contaminantes) y beneficios (ácidos grasos omega 3) a través de la ingestión de pescado y marisco. http://www.fmcs.urv.net/ribepeix/
Durante años, el movimiento ecologista no deparó en la importancia del modelo alimentario para el bienestar humano y ambiental, pero en los últimos años, sin embargo, las cosas están cambiando y la alimentación está entrando a formar parte de los programas de acción de los grupos ambientalistas. Ecologistas en Acción propone una serie de medidas de urgente desarrollo como la de promocionar la pesca artesanal de bajo impacto sobre el medio y de gran conocimiento ecológico o empezar la gestión pesquera desde la costa evitando vertidos sobre todo en zonas húmedas, estuarios, ríos, bahías, lagunas costeras y, otros lugares de interés para el marisqueo y la cría, alevinaje y alimentación de especies de interés pesquero.
Quiera o no quiera, la industria pesquera, que mueve unos 400.000 millones de dólares anuales, tendrá que adaptarse a la creciente demanda de los comerciantes y consumidores de pescado obtenido de forma sostenible para el medio ambiente e inocuo y salubre para el ser humano. Y aunque sea técnicamente difícil, hay recursos suficientes para la reconversión; sólo hace falta voluntad. Según Grimur Valdimarsson, director de la División de Industrias Pesqueras de la FAO «la tendencia emergente requiere que la industria sea capaz de decir exactamente dónde, cuándo y cómo se capturó el pescado».
Conocer proyectos como The Marine Conservation Society, una organización no gubernamental con base en el Reino Unido, dedicada a la protección del ambiente marino y su vida silvestre, que ejerce presión tanto sobre el gobierno británico y la Unión Europea como sobre sus supermercados para que ofrezcan una gama más amplia de pescados y mariscos sustentables para frenar la sobrepesca. Apoyar proyectos de ADENA como la Reserva Pesquera Os Miñarzos que permite vivir dignamente de la mar o buscar el sello Marine Stewardship Council (http://www.msc.org/ ) que certifica pescado obtenido de forma sostenible, de una fuente sostenible cuya etiqueta azul se puede encontrar en los envases de los mariscos y pescado fresco de más de 3.000 productos en 59 países de todo el mundo, son pequeños gestos que como consumidores podemos realizar. Una sola mano no hace nada —sí lo hace para su conciencia—, pero un millón de manos unidas eligiendo y exigiendo estos productos sostenibles, ayudarían a evitar el colapso de las pesquerías, esenciales para la economía y la alimentación de millones de personas en todo el mundo e incentivarían a los pescadores, mariscadores acuicultores y, en general, a toda la cadena productiva y comercial, a que realicen su labor de una manera más respetuosa con el medio marino. Otra manera de combatir es que los consumidores elijan en su compra diaria las especies cercanas que cuenten con mayores recursos y evitar las más amenazadas. Sin embargo, como recuerda WWF, el consumidor español dispone de escasas herramientas para elegir y apenas le llegan productos certificados por MSC. Por ello, los responsables de esta organización conservacionista consideran esenciales las campañas de sensibilización, información y generalización de los productos pesqueros sostenibles. Por su parte, las instituciones son fundamentales para incrementar la pesca sostenible. La aprobación de leyes más exigentes y el cerco a la pesca insostenible o ilegal son algunas de las medidas que los gobiernos pueden llevar a cabo.

Las hortalizas y frutas que comemos
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Cerramos este triste viaje regresando a la tierra agrícola de donde vienen nuestras verduras y frutas, de obligado consumo diario en una dieta sana y equilibrada como la mediterránea. La mal llamada revolución verde que promovió y promueve la modernización de la agricultura con técnicas y métodos industriales (productos químicos, mecanización, semillas mejoradas) para aumentar la producción y reducir mano de obra en el cultivo, recolección y preparación de los campos deja el mismo rastro de insostenibilidad y de tóxicos por donde cultiva.
Un ejemplo paradigmático de la industrialización y globalización alimentaria, además de la fresa en Huelva, es el monocultivo de soja transgénica en Argentina. En este último caso las consecuencias han sido: reducción de la producción ganadera y agrícola de alimentos básicos y tradicionales; destrucción masiva de empleo rural; peligro de extinción de especies al acabar con su hábitat natural por la tala masiva de bosques; desertización de las tierras; envenenamiento de su población por el consumo de soja que contiene restos de productos químicos, excedente de la exportación a otros países para agrocombustibles o consumo animal.
Aquí en nuestro país, las coles y espárragos de Navarra, los ajos de Córdoba, las naranjas valencianas o los melones de La Mancha son cultivos que siguen un programa intenso de abonos químicos y tratamientos generalmente preventivos, según un calendario fenológico del cultivo y de las plagas potenciales, con productos ya conocidos como cancerígenos o disruptores hormonales, además del uso habitual de significativas cantidades de herbicidas que se van acumulando en los suelos, en las aguas subterráneas y en lagos o reservas artificiales.
Además, el método de control de la seguridad sanitaria en el uso de biocidas usados en la agricultura y ganadería no ofrece ninguna garantía, puesto que, aun aplicándose escrupulosamente todos los sistemas legales establecidos, cada día se descubren nuevos efectos dañinos de estos productos. No olvidemos el DDT, galardonado con el premio Nóbel en 1948, y prohibido hoy en el mundo entero por su carácter de tóxico acumulativo en la grasa humana y cuya presencia ha alcanzado y continúa presente en toda la cadena alimenticia del mundo entero, incluso en la leche materna.
Teniendo en cuenta todo esto, sería prudente limitar la exposición a pesticidas y usar los pesticidas químicos menos tóxicos o recurrir a alternativas no químicas, pero la revolución verde sigue proponiéndonos sus brillantes soluciones tecnológicas, desde la lógica de un negocio diversificado de la industria química, que incluye tanto pesticidas que diversas investigaciones han asociado al origen de la enfermedad de Parkinson como fármacos para tratarla. O la venta de nuevos paquetes de semilla-agrotóxico, que protegidos por la correspondiente patente que garantiza el cobro de las regalías sigue siendo la ecuación perfecta para sostener su poder corporativo que aumenta con las nuevas alianzas, como la de Dow Chemical, la mayor empresa química de Estados Unidos, y la gigante biotecnológica Monsanto, que nos prometen ya la siguiente generación de semillas de maíz genéticamente modificadas, las SmartStax, que esperan introducir al mercado hacia el 2010, y que combinarán la resistencia a nada menos que ocho herbicidas diferentes con genes de protección contra insectos.

Soluciones

Enunciemos, pues, las posibles acciones que entre todos deberíamos tomar y exigir, que van desde una mayor investigación científica, hasta el rediseño de las sustancias químicas y de los procesos de producción y productos de las empresas, pasando por nuevas políticas gubernamentales y esfuerzos personales. Amigos de la Tierra en su campaña de sensibilización de la agricultura sostenible solicita a cada uno de los agentes implicados:
A los políticos:
—Transformar la Política Agrícola Común (PAC) en una política sostenible: recompensando a la agricultura sostenible, ligando los subsidios de la PAC al cumplimiento de normas medioambientales, apoyando la localización y aboliendo los subsidios a la exportación. La reforma propuesta por Fischler, comisario europeo, es un paso en la dirección correcta, pero sólo apoya, hasta cierto punto, el primero de estos objetivos e ignora los dos últimos. Por lo tanto, no será suficiente para solucionar los grandes problemas del actual modelo agroalimentario europeo.
A los supermercados y comerciantes alimentarios:
—Dar prioridad a la venta de los alimentos producidos con métodos sostenibles, libres de pesticidas, por ejemplo, los alimentos ecológicos.
—Dar prioridad a los alimentos producidos localmente, con el fin de reducir los kilómetros alimentarios y apoyar la biodiversidad agrícola local.
—Pagar a los agricultores un precio justo por sus productos.
A los consumidores:
—Comprar alimentos locales, ecológicos y consumir menos carne (en una dieta saludable, se necesita menos de 75 grs. diarios de carne). La «dieta mediterránea» es la más saludable en nuestro clima.
—«Influenciar a las administraciones, colegios, hospitales, geriátricos y entidades con las que tenemos contacto para que incluyan los alimentos ecológicos entre sus servicios, caterings, máquinas de venta, cafeteras, etc.»
De esta forma, además de luchar contra la enfermedad, estaremos reduciendo gases de efecto invernadero, evitando sufrimiento animal, recomponiendo nuestras economías, evitando la desertización rural, aumentando la cohesión social, sanando nuestras almas y nuestros organismos, religándonos al Misterio de la vida, pues no olvidemos que la agricultura o la ganadería es mucho más que la mera aplicación de conocimientos y tecnología para la producción de alimentos. Eran, y han sido antes de la irrupción del paradigma mecanicista, que domina y transforma la naturaleza a capricho, una cultura, que desde una cosmovisión holística integraba a cada comunidad en un tejido hecho de ciencia, arte, placer —sabores, olores, texturas— valores, intenciones, sacrificio y sudor, bendiciones ritos y agradecimientos, armonía, poesía, observación de astros, festividades, baile, promoción de la salud mental, física y espiritual al mantener la conciencia despierta ante el regalo generoso de la Vida.

Extraído de: Revista digital  http://www.agendaviva.com/revista/articulos/Al-descubierto/Somos-lo-que-comemos

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3 pensamientos en “Somos lo que comemos

  1. ME PARECE ORROROSOS LO QUE LEO PERO COMO PODEMOS ACABAR CON ESTO CUANDO LOS QUE ESTAN ARRIBA LO PERMITEN Y LOS QUE ESTAMOS ABAJO LO DESCONOCEMOS SOY UNA SIMPLE AMA DE CASA Y SUFRO SABIENDO QUE ALIMENTO A MIS HIJOS CON VENENO SI TODO LO QUE SE EXPONE ES DEMOSTRABLE Y NO SE HACE NADA .

  2. Sí que es horroroso, es una realidad, pero ojos que no ven “corazón que no siente”. Sí que lo siente nuestra salud pues todo lo que comemos influye en ella. Por eso está creciendo la opción de la agricultura y ganadería ecológica, para toda aquella gente que opta por otra forma de alimentarse. Hay que informarse pues hay alternativas posibles, aunque mucho mercado sea el tradicional que se expone en este extenso artículo. Y los que están arriba son “manzanas podridas” que son dominadas por las fuertes economías del mercado, y al mercado lo único que le interesa es vender. No hay ética en esta cultura consumo-capitalista.

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